"Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías..." (Julio Cortázar)

Tapería "O Castro", un descubrimiento

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Entre el cabo de Ortegal y el de Estaca de Bares -que es, por cierto, el punto más septentrional de la península Ibérica-, en tierras de La Coruña, encuéntrase un pueblo llamado Puerto de Espasante.

Al inicio de la pequeña carretera que conduce desde el pueblo hasta el puerto se halla la tapería O Castro, cuyo nombre no debe inducir a error.

Se come allí un pulpo excelente, por supuesto, pero no “a la gallega”: saboreamos una tapa del delicioso cefalópodo preparado con boletus, y que nada tiene que ver con las recetas tradicionales, y todavía estoy chupándome los dedos. Se come atún a la plancha, pero con sal en escama a gusto del cliente, tomate asado (en mitades) y guarnición de espinacas (plato sano y exquisito donde los haya). Se cenan gambas o langostinos, pero al orujo. Se degusta buena carne, pero el buey lo hacen en esta casa guisado con calabacín, sin patatas (no llevaba patatas ninguno de los platos que ofrecían), y su textura, sin serlo, parece de solomillo. Se come, bien a gusto, una buena ración de navajas, pero la salsa marinera con que las acompañan, que podría parecer más tradicional que todo lo demás, lo deja a uno sin habla: no se sabía si era que el rico molusco marino se había transformado en salsa gracias a sus jugos, o si la salsa, elaborada por la prodigiosa mano de un cocinero alto y joven, barbado y de gafas, elegantemente enfundado en una oscura ropa de trabajo, y que, ante nuestra felicitación dijo ir a ponerse colorado en un momento (lamento no haberle preguntado el nombre para ponerlo aquí), era un elixir de dioses. El pan, gallego del de toda la vida (la innovación no hace ninguna falta en este caso). Y el vino, un buenísimo ribeiro de la casa, aunque tienen más para elegir.

Se me olvidan muchos platos, por supuesto, y, como no podía ser de otro modo, tampoco fue posible probarlos todos. Pero el colofón, para comer, para cenar, tienen que ser, sin duda, las fresas estofadas al Albariño, cuyo sabor fresco y ligeramente ácido ayuda a bajar la comida y lo encarama a uno hasta tocar el cielo (gastronómico, por supuesto).

Sirven todas esas exquisiteces muy “a la gallega” en cuanto al tamaño, pues pueden degustarse en tapas o en raciones (las tapas están muy bien, las raciones pueden llegar a ser descomunales), y los precios son más que correctos: comida, o cena, para dos, consistente en dos tapas, una ración y postres, más pan, botella de vino, cafés y chupitos (de orujo, por supuesto, que aquí tampoco conviene alterar las tradiciones), alrededor de 20 euros por persona, y pardiez que se queda bien, bien.

Una joven camarera muy simpática, que nos recordó, por su forma de moverse y por la gracia con que trataba a la clientela, a un gnomo recién salido del bosque, es quien se encarga de recomendar cosas y de hacer especialmente agradable la estancia del cliente en la tapería. “Queremos que la gente, cuando sale a comer o cenar fuera, se encuentre con comida rica, pero distinta a la que come en casa”. Y lo han logrado, porque, además, la carta (escrita a mano, con cuidada caligrafía) cambia cada día, y siempre contiene delicadezas, de las que, por cierto, se me había olvidado una tremenda: pollo de curry con arroz y piña natural, plato muy hindú a la gallega, cuya digestión nos invitó a caminar por el bien cuidado paseo marítimo del pueblo.

Creedme si os digo que la sola intención de visitar la tapería O Castro ya es motivo más que suficiente para irse un fin de semana hasta Puerto de Espasante.

[Foto de Teresa Martín.]

2 comentarios:

  1. Por la descripción del cocinero y por una mala jugada de mi maltrecha visión, que todo hay que decirlo, creí que era la persona de la foto. Pardiez, que rejuvenecido se te ve. ¿Será que esa maravilla gastronómica de Espasante obró el milagro de la eterna juventud?
    Va a ser verdad que en Galiza fai un sol de caralho y que el paraíso estuvo alguna vez por esas tierras.

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